Puerto Real en la Historia

Fangos del Lucio, frente a La Cachucha, un día como hoy

La historia, contada por Villalpando, nos enseña como vivía el puertorrealeño, años atrás

28 de marzo de 2016

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Antonio Villalpando. Historiador

La marea es a las nueve. A las seis de la mañana ya está en el fango. Tiene que aprovechar la mitad de la vaciante y el comienzo de la llenante. Comienza al tiento. Una a una va metiendo en la canasta su cosecha. Reconoce los boquetes entre la multitud de orificios de miñocas. Parecen el ojo de una cerradura. Los muergos cogidos a mano en el fango son limpios, sin arena. No son buenos. Son los mejores.

Tiene la piel siempre oscura. Un gorro lo protege del frío húmedo de las mañanas del mar. No importa cuanto te abrigues. Las mañanas en el fango siempre son frías.

Él vive del Marisco. De coger bocas en el Río de San Pedro. De los muergos de la Banda del Puerto, en la Playa de Levante, y cuando las hubo, de las almejas. Se lamenta de cómo se han perdido aquellas almejas que cogía de niño.

Tiene una vida laboral amplia y sencilla. Se echó al fango con diez años y hasta hoy. Aprendió acompañando a su padre, muy a pesar de su madre, que quería que fuera tornero, que por entonces era una profesión de futuro en Astilleros Españoles. No tiene título pero sabe tantas cosas que podría escribir diez libros y no es consciente de ello. Sabe que se marisca en los meses sin “r”, y cuando es el tiempo de los cangrejos en las pozas, como diferenciar una madriguera de boca con “pinza gorda” entre la multitud de agujeros, reconoce los boquetes de almeja y las saca con cuchara, sabe de gusanas y de cigalitas…

En muchas ocasiones recuerda los años de antes. El marisco no siempre ha estado bien pagado. Gracias a Dios existen las almejas. ¡El que no quiera pagarlas que pruebe echarse al fango!

¿Cuándo comenzó ese conocimiento del litoral?, ¿Cuando conoció los hábitos de sus animales, de los periodos en los que se cosechan? Lo mejor de todo es que esa pregunta no tiene respuesta certera. Podemos saber cuando empezaron a consumirse los mariscos, pero no podemos rastrear el origen del conocimiento trasmitido oralmente. Nadie escribía las normas a seguir, el lugar para mariscar, las formas de capturar. En diferentes momentos de la historia se recogieron por escrito algunas prácticas. Eso pasó con Plinio en tiempos de Roma, o en tratados de la Edad media. Eso solo indica el momento en que se recogió por escrito ese conocimiento, no cuando se creó. Si aparecen restos en yacimientos, solo tenemos constancia de que se consumía dicho marisco. Eso no indica tampoco si la forma de capturarlo era la misma que en otro momento histórico. Es posible que algo aparentemente tan simple como el modo de buscar cangrejos en las pozas haya sido transmitido desde hace miles de años, de padres a hijos, generación tras generación hasta hoy. A lo largo del proceso se incorporan nuevas técnicas y así se enriquece esa enciclopedia de la vida.

Su sapiencia supone un conocimiento acumulativo que va aumentando con la sucesión de generaciones. El padre le enseña al hijo todo lo que aprendió de su padre e incorpora su experiencia personal. Cuando el hijo la trasmite, vuelve a incorporar distintos elementos y de ese modo el conocimiento crece con el tiempo. Eso siempre que el hijo siga los pasos de su padre, o la hija de su madre, raro pero posible, es el caso en que el hijo sigue los pasos de su madre o la hija de su padre. La transmisión de conocimiento oral está interrumpida en el momento actual, es previsible que si no hacemos nada por remediarlo, este tipo de conocimiento se pierda con nuestros abuelos y mayores.

Los mariscos son una constante en muchos de los yacimientos arqueológicos de Puerto Real. Son muy abundantes en el yacimiento prehistórico de Retamar, donde las conchas llegan a rellenar hoyos que los arqueólogos denominamos concheros ¿Por qué será?. Lazarich y Ramos recogían la información en un libro monográfico sobre este notable
yacimiento, y hoy el vejeriego Cantillo estudia este fenómeno en la prehistoria de la provincia.

En otros yacimientos romanos aparecen con frecuencia ostiones, restos de cangrejos y almejas. Esto sucede en Puente Melchor, donde aparece una fosa basurero repleta de ostiones. Casi todos los autores que han excavado en alfares mencionan en algún momento la presencia de restos de malacofauna, esto es, animales con concha, marisco y caracoles.

Antonio Muro recordaba en su libro Puerto Real en el S. XIX los precios dados por el cabildo para la venta de pescados y mariscos a principios de siglo. Las almejas eran las más caras en la lista. Por ello podemos decir que en Puerto Real “desde siempre” han sido bien valoradas.

Hoy el marisqueo controlado y sostenible representa un recurso fundamental en la Bahía. Si se regula de forma correcta puede durar eternamente”, pues eso es el Desarrollo Sostenible. Los excesos de periodos anteriores originaron la casi desaparición de las almejas locales o las cañaillas, la reducción del tamaño de de los perrillos o los muergos…

El mariscador regresa a casa cuando llena la canasta con colmo. En su cara relucen unos ojos claros como el mar que le da sustento. Ojos que reflejan el alma de un hombre que se hizo a si mismo. Un hombre con oficio humilde que tiene a su hijo estudiando en la universidad, terminando medicina. Eso es lo que tienen las universidades en provincias. Puede que la cura del cáncer venga detrás de un canasto de coquinas.

Bibliografía:

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